Brenda Scott is an innate investigator. Language, the symbol, and the relationship between the body and the inhabited world are at the center of her practice. She finds equal inspiration in the everyday and the imaginary, in what already exists and in what has not yet taken shape.
The collective seduces her as an artistic strategy, but always from the perspective of a body in dialogue with itself and with others. She lets herself be fascinated by life, and that fascination generates thought, then work. Every artistic action, for her, is a political declaration before the world.
She moves through different contexts and circumstances, propelled by questions about corporeality, memory, and the emotional weight carried by ordinary things. The oneiric, the not-yet-existing, the resignified object are her materials. She works with what is already there, returning to it the charge it has always deserved.
Brenda Scott es una investigadora innata. El lenguaje, lo simbólico y la relación entre el cuerpo y el mundo habitado son el centro de su práctica. Encuentra inspiración por igual en lo cotidiano y en lo imaginario, en lo que ya existe y en lo que todavía no tiene forma.
Lo colectivo la seduce como estrategia artística, pero siempre desde la perspectiva de un cuerpo en diálogo consigo mismo y con otros. Se deja fascinar por la vida, y esa fascinación genera pensamiento, y luego obra. Toda acción artística es, para ella, una declaración política frente al mundo.
Se mueve en distintos contextos y circunstancias, impulsada por preguntas sobre la corporalidad, la memoria y la carga emocional de las cosas ordinarias. Lo onírico, lo que aún no existe, el objeto resignificado son sus materiales. Trabaja con lo que ya está, devolviéndole la carga que siempre mereció.
Brenda Scott is an innate investigator. Language, the symbol, and the relationship between the body and the inhabited world are at the center of her practice. The collective seduces her as an artistic strategy, but always from the perspective of a body in dialogue with itself and with others. Every artistic action, for her, is a political declaration before the world.
Brenda Scott es una investigadora innata. El lenguaje, lo simbólico y la relación entre el cuerpo y el mundo habitado son el centro de su práctica. Lo colectivo la seduce como estrategia artística, pero siempre desde la perspectiva de un cuerpo en diálogo consigo mismo y con otros. Toda acción artística es, para ella, una declaración política frente al mundo.
El título lo dice todo y lo dice torcido: Cansada desplaza fonéticamente a casada, y en ese deslizamiento de una letra aparece lo que el rol siempre ocultó. El agotamiento. El que no tenía nombre porque nombrar el cansancio era, en sí mismo, una forma de ingratitud.
Cansada Magazine es un archivo editorial ficticio construido como una revista dirigida a mujeres, esposas y madres de los años 50 y 60. La obra reproduce la lógica interna de esas publicaciones: los consejos útiles, los productos indispensables, los discursos paternalistas que regulaban el cuerpo, la conducta y la emocionalidad femenina con la misma naturalidad con que se anunciaba detergente. Doce piezas organizadas en seis números consecutivos que avanzan, con una lógica propia, desde la corrección doméstica hacia la desaparición simbólica de la mujer como sujeto.
El collage digital opera aquí como gesto crítico: intervenir los archivos fotográficos de época no es ilustrar la historia sino desarmarla desde adentro, hacer visible la violencia suave que habitaba en cada página brillante. Betty Friedan llamó a esto "el problema que no tiene nombre", ese malestar difuso que las revistas de la época ayudaban a administrar, nunca a resolver. Cansada Magazine no administra nada. Expone el mecanismo.
Lo que la obra señala no es solo un fenómeno del pasado. El cansancio estructural que ese rol implicaba sigue siendo, en gran medida, el mismo. Cambiaron las páginas, no siempre el contrato.
El agua no guarda secretos, los devuelve distorsionados. Una bañera es el único lugar donde el cuerpo se permite estar solo sin estar escondido.
Esta serie nace de la cámara analógica como gesto de lentitud: cada imagen es una decisión que no se puede deshacer, un cuerpo que no puede editarse antes de ser visto. Las perlas, objeto tradicionalmente asociado a la ceremonia, al matrimonio, a lo "correcto", aparecen mojadas, fuera de contexto, resignificadas en un espacio doméstico y desprevenido.
Analogía íntima propone la intimidad no como exposición sino como analogía: el grano de la película como piel, el agua como memoria, el espejo empañado como aquello que vemos de nosotras mismas y aquello que se nos escapa. Es un retrato hecho de fragmentos, un perfil, una mano, un pie, que se niega a ofrecer el cuerpo completo, y en esa negación, dice más.
Son retratos prepandémicos a Bruna.
La ciudad es invisible a los ojos de quienes la duermen de noche. Muy visible, en cambio, para quienes eligen ser voyeristas de lo ajeno, de lo que queda tirado cuando nadie mira.
Cementerio de amores es un archivo fotográfico de descarte. Una recopilación de todo lo que las personas abandonaron en el asfalto y que, en algún momento, fue importante. Algo en lo que alguien invirtió tiempo, atención, posiblemente dinero. Algo que fue elegido, llevado a casa, integrado a una vida. Y que luego terminó ahí, en la vereda, expuesto a la intemperie y a la mirada de cualquiera.
Pero la serie no termina en los objetos. Tiene una segunda voz, poética, que corre en paralelo como un duelo escrito en el cielo. Un texto que no habla de cosas sino de personas, de un amor que también fue descartado, que también quedó revolcado en el piso y se fue consumiendo con el tiempo hasta no ser nada.
"La primera vez que te vi no podía creerlo. El universo estaba de mi lado."
Tenías el color, la forma, el gusto y la naturaleza que siempre quise que tengas. Pensaba todo el día en que nada estaba mal en ti. O que nada estaba mal contigo. Que eras eso que jamás se apartaría de mi lado. Un incendio de amor.
Y se desgastaba, quedaba gris. Que se consumía con el tiempo. Con el tiempo que no se detenta. Pero una fuerza contrapuesta luchaba en mi interior. Así fue que tomé impulso.
Nunca quise lastimarte o apartarte de mi camino. A pesar de la culpa te dejé así. Vacío de todo. Muerto. Sin vida y sin espíritu. Revolcado en el piso te fui olvidando con los días. Y todo siguió su curso como si nada.
Te maté con la distancia y los muros. Conmigo como única testigo. Ni te llevé flores. Ni le di explicaciones a tus amigos. Y así fue como me convertí en asesina. Y no te lloré nunca. Como si nunca hubieras existido.
Pero todo se derrumbó. Un funeral vivo. Hasta el final de todos los tiempos. Te dejé a un lado del camino para siempre.
La yuxtaposición entre el objeto fotografiado y la voz que lo acompaña produce una tensión que es el corazón del trabajo: todo amor tiene su equivalente material, y todo objeto abandonado guarda la huella de alguien que alguna vez lo quiso. Roland Barthes llamó punctum a ese detalle en una imagen que hiere, que toca algo que no se puede nombrar del todo. Acá el punctum no está en una sola foto sino en la serie entera, en la acumulación, en el peso de tanta cosa tirada.
"La ciudad entera es un cementerio de amores."
Esta obra se detiene a hacer el duelo que los objetos no pueden hacer solos.
Esperar es uno de los actos más antiguos del cuerpo. No requiere movimiento, no produce ruido, no deja huella visible y sin embargo, quien espera está completamente ocupado. Ensayo sobre la espera nació de un encuentro entre una cámara y Carolina Centurión, actriz, y en ese encuentro apareció algo que no estaba planeado: el gesto mínimo.
La serie no documenta una actuación. Documenta un estado, un estado siendo observado por un lente. Hay una diferencia sutil pero esencial entre la persona y el personaje, y es exactamente en esa frontera donde estas imágenes existen. Carolina no interpreta la espera, la habita, como la habitamos todos cuando nadie nos está mirando, e incluso cuando sabemos que sí.
Roland Barthes, en La cámara lúcida, escribió que la fotografía no dice lo que ya no existe, sino lo que ha sido, ese tiempo verbal extraño, el pasado perfecto, que congela algo vivo en el instante en que deja de serlo. Las imágenes de esta serie operan en esa tensión: son retratos de alguien esperando algo que, en el momento de ver la foto, ya ocurrió o nunca ocurrió. No sabemos cuál de las dos cosas. Esa ambigüedad no es un defecto, es la materia misma del trabajo.
¿A quién espero? ¿Qué espero? ¿Alguien me espera? Las tres preguntas flotan sobre la serie sin responderse. Son preguntas que cualquier cuerpo reconoce porque la espera es siempre una forma de preguntarse sobre el otro, sobre uno mismo, sobre el tiempo que pasa mientras tanto. Peter Handke abrió su obra La hora en que no sabíamos nada el uno del otro con una plaza vacía y cuerpos que cruzan sin encontrarse, la espera como condición del mundo, no como accidente de una tarde.
"Lo que estas fotografías capturan es justamente eso: no el drama de esperar, sino su textura cotidiana. El aburrimiento sagrado de estar ahí. La dignidad extraña de un cuerpo que confía en que algo va a llegar."
Un cuerpo de poemas organizado en tres tiempos: nacer, enamorarse, morir.
Me va lo espantoso y lo irreal. Todo lo que tiene que ver con lo fantástico y lo horripilante. Lo fabuloso, espléndido, brillante y quejumbroso. Lo que está solo y lo que tiene compañía. Me va lo mezquino y lo altruista. Lo diverso y lo perenne. Lo que tiene que ser y no es. O lo que es cuando no debe.
Me queda bien el color azul, con tintes de alguien malhablado, boca sucia y repugnante. Lo vomitivo y lo pesado. Lo liviano del ser y lo denso del cuerpo. Todo lo que tiene que ver contigo y con la forma en la que te brillan los ojos hablando del pasado.
Me queda bien el recuerdo. Me queda bien la oscuridad. Paso de un lado a otro de las cintas de «pare» como si tal cosa, porque también me queda bien lo subversivo.
Me va. Me viene. Me acuna. Todo lo que tiene que ver conmigo (y un poco contigo, de a ratos)
Me desmembraron entre todas. Se comieron mi carne. Usaron mi sangre como ofrenda. Levitaron objetos punzantes sobre mis ojos. Desarmaron mis pensamientos. Estrujaron antiguas heridas. Echaron hierbas sobre mi cadáver y me plantaron ramas en la cara.
Las palabras no se dijeron. Nada se dijo entonces. Todas sabían lo que era y hacia dónde mi espíritu iba.
Fue.
Se quedó un rato pensando y volvió de pronto. El ojo del otro no lastimó más. Ni sus manos ni su arrogancia.
Untaron mi carne con la más fría realidad certera. Calzaron mis zapatos. Me colgaron de nuevo las alas. Cosieron mis recuerdos y no esperaban.
Nunca esperaron nada.
Pasó, me fui, volví. No quedaban mis restos. Me velaron en silencio. Nadie lo supo jamás.
Soy el viaje que no querés comprar. Tu opción menos deseada. El encuentro que jamás existirá. Tu peor pesadilla visceral. Soy lo que desprecias del otro.
Soy la otra.
Una palabra reiterada, repetidas veces dicha al revés. Como un conjuro.
Escondida en tu laberinto, busco al minotauro para salvarte y no aparezco más. Entonces: soy la respuesta inconclusa de tu pregunta jamás hecha.
No soy nadie.
Sin renunciar ya más a mi espíritu, como por obra de magia negra (digo negra porque ese era el color).
Levitando. Levitada. Comencé a restituirme.
Hice institución de mi hondo penar. Acomodé mis pedazos rotos en un placard cerrado.
Cambié mis espinas por alas.
Limpié mis pupilas del pasado.
Eclipsé mi mente por décima vez en mi vida. Diez. Diez y diez. Ya son las diez. Estoy lista ya.
Caminando sola, pero restituida
Me confieso unida a tu desdicha. Sangre de tu sangre. Me confieso limpia de malas intenciones porque ya no interesa. Me confieso sucia de accionares lentos, deteniendo lo irremediable de tus partidas. Me confieso viva y, por estar viva digo respirando, sin más fuerza que la voluntad misma precediéndome.
Me confieso suelta, liviana, ágil para tus prisas, incluso bajo las tormentas de todos tus fantasmas. Me confieso sutilmente encarnada en este pedazo de carne que se hizo bruja y que no regresará jamás a su forma original de nudos y ataduras.
Me confieso patética mirando el espejo de tu baño, encontrando detalles de tu micro vida matinal. Me confieso lista y poco preparada.
Dejo sobre tu mesa mi corazón, acabo de quitármelo con una navaja desprovista del pasado. Lo dejé allí, a un costado de mi alma, que esperaba el resto de la entrega desde que vi por vez primera tu casa.
Te confieso, siempre fui así como me ves y siempre tuve un par de diablos que me cuidaban la espalda mientras dormía. Te confieso, soy solo esto que ves, a quien ya no le importa su forma o su contenido. Te confieso, dejé de ser quien era y ni siquiera sé hacia dónde voy porque no creo en el destino.
Te confieso... la magia me respira siempre porque también soy eso que vos confesas cuando te miro.
Una vez tuve un amor que vivió lo que vive un pajarito herido. Con el ala cortada, interrumpiendo el construir de su nido, cobijaba en su calor todos los sentidos y la lógica más humana supo haberlo comprendido. Con tintes de algo claro, espeluznante final tuvo. Ni el pájaro sobrevivió a la vida ni la vida lo sostuvo.
Paulatinamente iremos quedando verdes, corroídos por el tiempo hostil que nos hiela las venas y nos separa del mundo. Lentamente, querido, lentamente para recordarlo por siempre, nuestras hojas Canson se volverán amarillas y no habrá vuelta atrás.
Comeremos lo que haya, como dos mendigos que suplican en la puerta de las iglesias porque Dios no se acuerda de ellos. Seremos nosotros, ellos seremos nosotros.
Cada noche nos hundiremos en el asfalto de una calle silenciosa, sentados en cuclillas y me dirás: «no hay tiempo», y te diré: «no hay fe», y lloraremos hasta quedar dormidos bajo esos mantos de edificios grises que ornamentan la metrópolis.
Y verdes y azules, y naranjas y violetas... Iremos mutando nuestros colores hasta ser transparentes. Volverse persona y seguir de largo. Tú, a los oficios del buen servidor. Yo regresaré a mis infiernos de bruja.
No puedo hacer más que recordarte. Re-cordar. Dar cuerda. Sentirme cuerda unos instantes. Pensarte. Pensar en mi lucidez. En la luz. En nosotros y la luz. La magia. En la vida.
Niño de guerra, idea escapada, sutil sensación.
A veces es un constante desencuentro, fatal confesión.
Palabra lenta, ojos que vienen del mar. Nadie lo dijo.
Silencios rotos, el tiempo nos comía. No nos esperó.
Permiso, perdón, revisé tu libreta, encontré magia.
Tiembla el cielo, destruimos el odio, nos construimos.
Un chiste suelto, juventud que me distrae. Tres canciones más.
Mecía lentamente el tiempo en tu mirada.
Tenía eso, muchas cosas juntas y nada a la vez.
Cerca del tiempo, lejana cumbre del bien, tengo que verte.
El agua es sal, el tiempo es olvido. Muchas miradas.
Te busco ahí, afuera de la nada. Te invito a ir.
El cuerpo que es masiva coincidencia en las aguas calmadas.
Tiempo de ser más que eso que nos pasa. Deteniéndonos.
Pocas ideas, pensamiento sutil en eso que no es.
Cambio rotundo, tus movimientos sin mí. Salir del agua.
La lluvia que cae. Tu casa en el parque. Otro idioma.
Comimos pastel. Una vez nos comimos. No hay culpables.
Mis amigos son costumbre de risas, un sueño feliz
Comunidades. Soledad invernal. Arde la ciudad.
Todo el vino. Cada cual con su copa. Es un éxito.
Me dan miedo los avances furtivos. Las recorridas sin esperas ni esperados, porque todo es. Me da miedo el arrebato impredecible. Que me quiten lo bailado. Que no bailen más conmigo. Me dan miedo esas desapariciones repentinas que te dejan esperando el bus en la parada incorrecta, sin saberlo. Me dan miedo los quehaceres supuestos, los correctos que decantan en un fantasma. Me da miedo ese fantasma que después me visita cada dos días diciendo tu nombre o peor aún: que tiene tu cara.
Soñé que ya no te veía. Que no te veo, pues, aunque te vea ahora y si todo esto es de verdad, esa probadita de felicidad que te da la vida y después se aniquila o se asesina o me asesina. Qué miedo me da el olvido.
Lentísimo despertar que una vez soñé o te soñé mientras dormía. Poesía lenta que sucumbe ante mí y no tengo más remedio que hacerla.
Un pozo que contiene un poco más que lamentos, se duerme y reposa. Es lento, muy lento.
Y en algún lugar del planeta, este que me vive y me despierta, que me arrebata lo poco y me quebranta el andar, en alguna parte, es seguro, es seguro que está.
Su energía violeta que quise soñar, la promesa de alguien que atisba un mirar. Dos pájaros rotos. O la rota fui yo. Metamorfosis divina que jamás ocurrió.
Este hondo pensar de sentir sin tocar que socava en el alma y entrevera mis huesos. Un hechizo mal dicho un conjuro hacia atrás.
Nos quedamos sin todo. Nada existió jamás.
Hay un gatito atorado en mi memoria Tejado de noches inconclusas.
Cuando sopla el viento fuerte y tiemblan las ventanas, las personas arman juegos que terminan en la cama.
Mientras tanto en un rincón, apartada de la vida, la muerte juega sus cartas y me invita a ser su amiga.
Qué tristeza no saber ni siquiera en dónde anda. Te vi entre mis sueños anoche. Tuve una triste esperanza.
No me trajo un regalo. Solo acercó una palabra. Respiramos un adiós.
Cualquier cosa que piense me lleva directo, siempre, inevitablemente, hacia vos.
Esta devoción que sabe a calambre, los ojos pesados, mi cama un espanto, te canto y me encanto.
Recoveco inusual de mi mente marchita que ya no aúlla, ahora grita. Esta música que entona una marcha solemne, impune, descarada.
No corre más, ahora camina, mi tierra mojada, mi alma de niña.
De los ojos con agua, un llanto que brota. Las palabras no se recortan, están todas rotas.
Vestí mi mentira y me volví incapaz. Erótica historia que no tiene final. Histórica mentira. Estoico reencuentro.
Una pausa angelada y un hielo mar adentro. Esta comprensión pausada que espera mirar. Se descomprime el lamento.
Tan lento, muy lento. Estas ganas fastuosas y un Fausto hablador me susurra un deseo.
Yo le pido por vos.
Creo que desde mi ventana se ve el mar y un poco más Vení. El agua ahoga los nudos. Me anudo en vos.
Mi ventana rectangular, Un metro veinte por uno cuarenta, y el mar allá cerca.
Te prometo que se ve el mar. Es una ilusión, pero ahí está. Desde mi cama se divisa. Ves. Vení. El mar está ahí.
Es la promesa más honesta que te voy a hacer hasta ahora. Desde mi ventana se ve el mar y es más bello cuando no estoy sola.
Vení. El mar nos espera. Desde mi ventana se ve un cristal, promesa de otoño, Montevideo sin igual.
Lloran mis hermanas a lo largo del río. Las penas se ahogan. Vos tenés frío.
Vení.
A ella se le parecen las flores, la muerte, los entierros concretados, las vidas pasadas y todas las que están por venir. Se le parece el desprecio y el amor, las cosas rudimentarias, primeras, lo primero, lo segundo, y todo lo que le sigue. Se asemeja al dolor, que aprisiona espíritus por las calles y de tanto en tanto les regala una moneda. La caridad, eso también se le parece ahora. Todas las maldiciones juntas, las velas prendidas a todos los santos. Los santos. Una santa.
A ella se le parecen el sol de media tarde, las tardes vacías. Se le parecen tus placeres, los míos un poco a veces. No sé qué decir ya... Es tan parecida a todo y, a la vez, tan nadie. No es nadie. No existe. Me parece que no tiene cara ni nombre ni casa Nadie en el mundo sabe quién es ni si es alguien siquiera. No la bautizaron jamás. Existe solo en el olvido
Alguien espera la muerte desde una reposera, y la muerte se pregunta: «¿tengo amigos de verdad?». Tus postales sobre una silla, gesto simbólico de que te fuiste un día. Mi cara aplastada contra un vidrio bajo el manto inhóspito del silencio, vagando de almohada en rincón, intercambiando suspiros por esperanza y alguien que espera la muerte en algún lugar que podría ser acá y podría ser yo ahora.
Ese extraño afán por corroer lo enfermo, lo denso del tiempo, que sentencia la muerte. Una y diecisiete p.m. y nadie llamó todavía. Tres meses y nadie me dijo nada.
Culposamente merodeo el recuerdo suicida. Paulatinamente me dejo enfermar. Lo que a la muerte, la vida. Lo que al fucsia, su acento hostil. Caminar descalza por el mar de escombros que me dejaste anoche y pisoteando tus miserias me recuerdo en loop: «esta vez voy a ser la asesina». Y pisoteando tus miserias me recuerdo para mí: «esta vez no fui yo la asesina». Y enroscada en la infinitud del tiempo me pregunto: «¿para qué ahora?... ¿Para qué?» Mano tendida a esto que acontece, a lo culposamente cierto. De un lado de la vida vos y tu tabaco y de este lado yo, sola. Muerta.
Estoy matando todo el impulso despacio, aunque me apure. Lo ahogo porque no puedo sentirlo más. Porque es mejor dejarlo morir. Estoy acá y nunca me llegó tu abrazo (que seguro es de plástico y no importa, lo tiramos, no sirve). Me miento. No intento soltarte el brazo porque no puedo. Ya es otra cosa. Un etéreo devenir de besos que asesinan a cualquiera en cualquier parte de Montevideo. Se descompone el cielo. Muero.
Hablamos el lenguaje del cielo. Los días de tormenta, desde mi casa, se escucha su aullido. Corro a la ventana y le envío mi alma empaquetada para regalo, con finas hebras de suspiros, que entretejiendo el día la abrazan y le dicen que todavía no morimos. Que todavía nos queda algo. Que todavía somos algo por lo que vale la pena morir.
Hablemos de modales. De servir(se) por completo los domingos a alguien. De sonreír de cuando en cuando para parecer menos compungida. De las abuelas pidiendo por favor una visita fugaz. Hablemos de darle la mano a la tristeza cuando nos incrusta en la frente el cristal de las ausencias. Dejar pasar primero al que viene más cargado... de otras vidas, claro. Hablemos de nosotros mirando por la ventana, practicando el silencio por respeto a eso que vamos a matar en un rato. A nosotros, bah. Los modales son primero.
Terminé vomitando todo. Vomité mis ganas de vivir hoy. Vomité el odio que se gestaba en mi sangre y se formaba criatura dentro mío. Vomité mis ganas de verte. Vomité nuestro primer encuentro. Vomité la verdad más pura, que no tiene nombre ni se cómo se dice. Vomité el silencio de estos días. Vomité la ira que me enreda el cerebro, el pelo, las neuronas, me marca ojeras. Vomité los días venideros llenos de buenos augurios. Vomité mi cumpleaños. Vomité a mi familia lejos. Lloré. Vomité. Lloré. Sentí asco. Hundí un clavo en mi memoria y la borré por completo. Olvidé quién soy y si me gustan las tardes soleadas. Me olvidé de vos, de mis amigos. Dejé atrás mi cuerpo y mi soledad. Sentí morirme y no. Solo estaba en mi cama. Vomitando. Viviendo, pues, muy lento.
No queremos tener razón, queremos ser eternos. Perdurar a pesar de los días. Estar. Tener. Tener siempre más y mejor. Contar los días para atrás y que nuestros rostros, fantasmas del hoy, existan siempre con tus palabras. Vivir en el recuerdo de alguien. Que alguien nos sepa existentes. Morir, sí, pero no para siempre. Que lo siempre se vuelva eterno y las alas y el cielo nunca, nunca nos fallen. Jurarte que el eternamente es eterno en algún tiempo. Que este momento es nuestra única cosa segura y, sin embargo, no perdemos nunca la esperanza de querer ser eternos. No queremos tener razón. Queremos existir siempre. A pesar del tiempo.